Una Discusión Sobre la Edad y los Años

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A mi comadre Lety, que es una hermosa mujer, como deberían de ser todas las comadres y como casi todas son…

José Saramago, el portuges nacido en 1922, en la freguesia de Azinhaga, pueblito que en el año dos mil no llegaba a los dos mil habitantes, escribió un magnifico poema sobre la edad y el sentimiento:

¿Qué cuántos años tengo? -¡Qué importa eso !
¡Tengo la edad que quiero y siento!
La edad en que puedo gritar sin miedo lo que pienso.
Hacer lo que deseo, sin miedo al fracaso o lo desconocido…
Pues tengo la experiencia de los años vividos
y la fuerza de la convicción de mis deseos.
¡Qué importa cuántos años tengo!
¡No quiero pensar en ello!
Pues unos dicen que ya soy viejo,
y otros “que estoy en el apogeo”…

Y son geniales esos versos porque le quedan al que sea, tanto a los viejos de 18 años, como a los jóvenes de 80 o a los niños que apenas estamos llegando o que hace poco cruzaron la barrera de los 50.

José lo dice claro, tenemos los años que queramos y la edad que sintamos, por eso nació aquella frase que yo escuchaba mucho de adolescente, cuando mi amigo, maestro y hermano Juan Gálvez Cruz nos lo repetía cada vez que podía, “podemos encontrar jóvenes de 80 años y viejos de menos de 20”.

Fue en esos años, en la mitad de la década de los 80´s que conocí a la mujer que creo yo tiene los ojos más hermosos que he visto. La conocí seria ella, con su sonrisa limpia y de niña vaga, esa que la sigue caracterizando, güerita, pelo largo, suelto, no me acuerdo la verdad si usaba fleco o el característico copete de los 80´s, que ahora tanta risa les causa a las muchachas de mi generación recordar.

Desde ese entonces andaba tras de ella un gandul líder estudiantil, flaco, que ya pintaba a que se iba a quedar pelón, como si se quedó y que todavía hoy, creo yo, sigue igual de enamorado de ella y ella de él, como lo estaban en ese entonces.

¡Qué lastima!, tan guapa Lety y tan jodido el flaco ese que hoy es mi compadre, que para colmo ya ni tan flaco es.

Yo a Lety la conocí por mi amigo y hermano Javier Salinas, a quien la maldita violencia nos lo arrebato una tarde de viernes, cuando él se encontraba en el Bar el Colorado, en la colonia Granjas, junto a mi jefe y hermano el doctor Javier Moya, nos los arrebataron cuando la vida les sonreía y hacían planes para conquistar al mundo.

Javier me llevó a su casa, allá por las inmediaciones del Cerro de la Cruz y la Dale, por esa zona, a unas cuadras de una escuela, si mal no me acuerdo y ahí estaba ella, con sus ojos preciosos.

Creame usted, fue verla y enamorarse de ella, eso es fácil, ella irradia un aura que hace quererla y genera confianza, como solo ocurre con las gentes que tienen el alma limpia.

Desde entonces, siempre la he querido y la vida me permitió pedirles a ella y a Jorge fueran los padrinos de mi flaco y aceptaron.

Hace unos días Lety cumplió años y subió a su muro del feis un poema, intitulado adultos:

Adultos

Ya no estamos en edad,
de pedir perdón por decir la verdad,
tampoco de disculparnos,
por no querernos quedar.
Estamos para gritar tan fuerte
como podamos,
con el afán de no quedarnos nada
guardado.
Ya no estamos para halagos y palabrería,
ya no estamos para tener un trozo de carne
entre las piernas,
estamos para caricias y pláticas eternas,
con café por las mañanas
y vino tinto en las tardes negras.
Ya no estamos para culparnos,
de las desilusiones que se causaron,
por las expectativas que se crearon.
Ya no estamos para vivir penando,
por aquellos amores que no nos amaron,
ni por los dolores,
que no nos mataron.
A esta edad,
estamos para ser felices,
así,
con la vida y sus matices.
Ya no estamos para esperar,
estamos para pelear
y hacer nuestros sueños realidad.
Ya no estamos para amigos de las pedas,
estamos para amigos,
que aconsejan y consuelan.
Ya no estamos para lealtades familiares,
estamos para romper
con patrones destructivos.
A esta edad,
en qué la sociedad nos llama adultos,
nos toca liderar nuestros caminos,
nos toca llorar más,
para enfermarnos menos,
nos toca encontrar el modo de vivir,
sin morir en el intento.

La autora de ese poema es Evelyn Virosc, no la conozco, no tengo el gusto, no se si ha escrito algo más, pero concuerdo con ella cuando afirma que estamos en esta vida para ser felices.

Hay quienes señalan con la regla católica en la mano izquierda y el cilicio en la derecha, que fuimos enviados al mundo a penar, pues este es un valle de lagrimas, pero se olvidan de que la fe nuestra se basa en el concepto absoluto de la libertad y el amor.

No me malinterprete, no tuerza ese concepto a su libidinoso o sensual beneficio, no, la cosa no es por ahí, el caso es que el don más grande que nos dio Dios, al momento de la creación, fue el libre albedrio, de forma tal que cada uno de nosotros decide como alcanza la salvación y la felicidad eterna.

Claro que el mundo no está exento de dosis de dolor y sufrimiento, de descalabros y angustias, pero la lección de vida del Justo Job, es entender que las cosas materiales e incluso la vida de quienes queremos son encargos que Dios deposita en nuestra vida y que nos van a pedir lo regresemos en algún momento dado y es por eso que la lección cristiana sobre el sufrimiento es que tanto los momentos difíciles, como los de felicidad absoluta son para acercarnos a Dios y darle gracias por lo que nos da, por los que nos ha prestado.

Volviendo a los versos de José Saramago, él señala

“… Pero no es la edad que tengo, ni lo que la gente dice,
sino lo que mi corazón siente y mi cerebro dicte.
Tengo los años necesarios para gritar lo que pienso,
para hacer lo que quiero, para reconocer yerros viejos,
rectificar caminos y atesorar éxitos.
Ahora no tienen por qué decir: ¡Estás muy joven, no lo lograrás!…
¡Estás muy viejo, ya no podrás!…
Tengo la edad en que las cosas se miran con más calma,
pero con el interés de seguir creciendo…”.

Y ahí estriba la razón de la vida, quienes me conocen saben que muy seguido señaló: “ya estoy viejo” y hay quienes siendo mayores que yo, se burlan de mi afirmación, pues creen que lo digo con el dolor del que siente que está llegando a la ultima parte de su jornada y que se está despidiendo o que lo digo como si sintiera que la fuerza mengua y que ya solo nos queda el recuerdo.

No, para nada, el “ya estoy viejo”, es un recordatorio que me hago todos los días y a cada rato, para reírme de la edad y sus conceptos, para no olvidarme de lo vivido, para no desechar los sueños. Y al mismo tiempo, para acordarme que la justificante ante las pendejadas cometidas son negaciones a la vida, pues estoy en una edad en la que las pendejadas se me hacen más divertidas y las disfruto más, pues las planeo y ejecuto con mejor conocimiento y hasta me descubro planeando nuevas y en ocasiones, dándome cuenta de que hay otras que ya no son realizables, pues por mi condición de salud, no son recomendables, pero si me las imagino y me río con ellas al pensar en el ridículo que haría si las intentara y me digo yo solo, ¡que lastima, las hubieras hecho!.

Pero no crea que le tengo miedo a hacer el ridículo, no, para nada, todavía a veces me sorprendo caminado con los ojos cerrados, como cuando de niño lo hacíamos para ver si encontrábamos algo o si nos ubicábamos en un lugar. Todavía me acuerdo de cómo me gustaba –y me sigue gustando- jugar con los “luchadores”, esos que estaban parados con las patas abiertas, la mano derecha arriba y la izquierda abajo, esos que sin lugar a dudas fueron mi juguete favorito de niño.

Cuando camino me encanta ver que el viento les levanta la falda a las muchachas y me río a carcajadas cuando platico con mis amigos. Es por eso que algunos creen que no tengo vergüenza, pero se equivocan, si tengo y mucha, es más, está casi nueva, pues la he usado muy pocas veces, en dosis pequeñas, justas, apenas las necesarias y solo las que venían en el paquete de muestra y no las del frasco grande que nos da la vida al nacer. Pero se de cierto que si tengo. Lo que no tengo es miedo a hacer el ridículo, ni a que me juzguen, pues mi viaje ha valido la pena y lo que digan quienes no han viajado por estos caminos, pues solo me causa risa.

Claro que algunas cosas han cambiado, por ejemplo ya no se me antoja tomarme un pisto antes de irme a la casa, desde hace varios años me llena de felicidad hablarle a mi Shakira sinaloita para avisarle que ya voy y preguntarle si llevó leche y pan.

Los fines de semana no me hace falta alcohol, ni carne asada, me hacen falta mis hijos para abrazarlos y darles de zapes y patadas, mientras me burlo de ellos, de cómo están feos, de que no los quiero, de que ni siquiera los soporto y les digo que se saquen a la chingada.

Saramago en la siguiente parte de su poema, escribe:

“Tengo los años en que los sueños,
se empiezan a acariciar con los dedos,
las ilusiones se convierten en esperanza.
Tengo los años en que el amor,
a veces es una loca llamarada,
ansiosa de consumirse en el fuego de una pasión deseada.
y otras… es un remanso de paz, como el atardecer en la playa…
¿Qué cuántos años tengo?
No necesito marcarlos con un número,
pues mis anhelos alcanzados,
mis triunfos obtenidos,
las lágrimas que por el camino derramé al ver mis ilusiones truncadas…
¡Valen mucho más que eso!
¡Qué importa si cumplo cincuenta, sesenta o más!
Pues lo que importa: ¡es la edad que siento!
Tengo los años que necesito para vivir libre y sin miedos.
Para seguir sin temor por el sendero,
pues llevo conmigo la experiencia adquirida
y la fuerza de mis anhelos
¿Qué cuántos años tengo?
¡Eso!… ¿A quién le importa?
Tengo los años necesarios para perder ya el miedo
y hacer lo que quiero y siento!!.
Qué importa cuántos años tengo.
o cuántos espero, si con los años que tengo,
¡¡aprendí a querer lo necesario y a tomar, sólo lo bueno!…

Me pongo de pie y le aplaudo a Saramago y a quienes cantan y bailan por la vida y le mando besos y abrazos a una mujer hermosa que por muchas cosas le admiro, quien casi todos los días pasaba por mi oficina y me dejaba en el escritorio bubulubus y mazapanes y otras golosinas que me encantan y que al cumplir ella años y subir un bonito poema a sus redes sociales me dio el pretexto ideal para volver a decirle que tiene los ojos más hermosos de los que yo tenga memoria y tener esta discusión sobre la edad y los años.

¿Qué si cuantos años cumplió mi comadre?, entre 8 y 12, si la medimos por la limpieza de su mirada, entre 15 o 24, si la juzgamos por el brillo de sus ojos y su sonrisa, entre 35 y 45 si la juzgamos por su figura de mujer guapa y sensual, y todos los de la vida si la juzgamos por su capacidad de amor, amistad y de inteligencia.

¡Que suerte tienes pinshe compadre Jorge!, a la mejor y mi comadre es ciega y no nos hemos dado cuenta…