Un discusión sobre la estética y el arte

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Fue un maestro el que me dio la mejor definición de lo que es una “obra maestra”, hablando de artes plásticas, y me decía mi jefe y maestro Toño, moviendo los dedos y viéndome fijamente, en esa expresión tan suya y que luego varios otros intentaban copiar, pero que nunca lograron igualarlo, “una obra maestra no necesita explicación, si una pintura tienen que explicártela, si una escultura no la entiendes, no es una obra maestra, pues las obras maestras esencialmente son bellas, hermosas para todos los que las miran y no solo para quienes pudieran entenderlas”.

Su explicación me pareció asombrosa, primero por que yo era un mocoso de 15 o 16 años y en segundo lugar por la sencillez para explicar lo que muchos otros no pueden definir.

Pensándola bien, a la mejor es por culpa de mi maestro Toño que yo aprendí y tomé la determinación de tratar de entender todo con la simpleza de los hechos, de la síntesis que implica entender que todo mundo tiene formas distintas de explicarse las cosas, ya sea por intereses personales, por falta de elementos o por falta de cerebro, pero todos interpretamos a la realidad de una forma distinta.

Pero en lo que se refiere a las cosas bellas, no hace falta que nos pongamos mucho de acuerdo, quizá la excepción sea el tema de la belleza y el atractivo de una mujer o de un hombre y en ese caso en concreto, las diferencias de opinión sería entre un hombre y una mujer que son pareja. Es decir, cuando vamos con la novia, esposa, pareja por la calle y pasa una mujer que las menea con singular alegría y gusto, lo más seguro es que la pareja de uno de una opinión desfavorable sobre la otra mujer, señalando que no está bien proporcionada, que se ve mal, que es muy vulgar, etc.

Y si somos nosotros los que opinamos sobre la belleza de un bato, lo más seguro es que lo primero que digamos de él es que “parece joto el güey” o que se ve muy “niña” o algo similar. Y eso lo hacemos en defensa propia, pues al querer nosotros a nuestra pareja, no queremos que ella y ellas que nosotros, veamos a otra persona con ojos de deseo.

Pero regresando al tema de la artes plásticas, el mundo ha estado siendo bombardeado del llamado arte abstracto, donde la explosión del color se impone y se aleja completamente de la realidad y los artistas bautizan a sus obras con títulos estrambóticos, “el caos”, “la nada”, “el sueño”, “remolino” y uno al ver ese tipo de cuadros pues de plano no los entiende, es más, me tocó ver una exposición donde los que acomodaban los cuadros eran los empleados del lugar y cuando llegó el “artista” se encabronó el güey porque decía que su cuadro estaba puesto al revés.

Cuanto más se encabronaba el pendejillo pelos parados ese, más risa me daba a mí y le decía yo a otro baboso que estaba junto a mí, “es que lo debieron de haber puesto volteado con lo de atrás pa delante, que de todos modos está igual de culero”.

Y el artistilla ese me escuchó y la agarró en contra mía, llamándome inculto, baboso, que yo no sabía nada y yo por dentro, y por fuera también, me reía más, pues es cierto, digo, no fui más que a la secundaria, ¡que jodidos voy a saber de tanta cosa y menos de pinturas raras!

Tiempo después me tocó ver una exposición más de arte moderno, en ese entonces era yo Jefe de Información de El Heraldo de Chihuahua y los monos raros esos estaban en el mezzanine del Congreso, decía el titulo de la exposición que era una visión apocalíptica de la realidad y neta que al verlos me imagine que los artistas esos tuvieron que invertir un montón en marihuana y solventes, para pintar esas madres.

Total que horas más tarde, en la oficina de la jefatura de información de El Heraldo de Chihuahua, mi amigo y tocayo Julio César Rivera, me preguntó que me habían parecido esos cuadros ¡y cómo no!, hay voy de baboso a decirle que era puras pendejadas, que no tenían sentido del arte, de la belleza, de la armonía y cuando más les echaba a los monos esos, me dice mi tocayo: “ahí están dos de mis cuadros” y yo por dentro diciendo, ¡trágame tierra! y me solté riendo.

Para tratar de hacer el asunto menos espinoso, le dije a mi tocayo, “pero mi opinión es la de uno que de esas cosas no sabe y no entiende” y mi tocayo ofendido y enojado, pues él no entendía como un “señor jefe de información no sabía de arte”, me dijo: “es que el arte no se explica tocayo, su belleza trasciende las explicaciones, y arte puede haber hasta en la forma en que se coloca una extensión para representar o dar un simbolismo”.

Quien sabe cuantas cosas más me dijo mi tocayo, pero me quede con su primera expresión, esa de que el arte no necesita de explicaciones y que su belleza trasciende por si sola.

Julio César seguía diciéndome chingadera y media, pero en mi cerebro donde solo conviven dos neuronas –y una de ellas tiene problemas de personalidad, pues se cree mi pie izquierdo- trataba yo de acordarme de lo que me había dicho mi jefe y maestro Antonio Valdez Pimbert, hacia ya más de 20 años –hoy hace más de 33 años que me lo dijo- y pensaba yo al mismo tiempo, pero ahora sin abrir la pinche boca, “y si este cabrón sabe eso, por que jodidos no lo lleva a la práctica”.

Esta discusión tiene un motivo, y es que esta semana que concluye, me tocó asistir a la inauguración de la exposición “Las Niñas del Desierto”, acuarelas pintadas por mi amigo Carlos Carrera Robles, quien nació en Monterrey Nuevo León, pero chihuahuense por sus cuatro costados, político, funcionario público, creador, educador, empresario, son muchos los “asegunes” que le quedan al buen amigo, pero sin lugar a dudas hay definiciones exactas para él y que nadie puede poner en tela de duda, artista es una de ellas, y amigo su característica principal.

Hace muchos años escuche la expresión, “ese señor es una dama” y cuando el maestro lo dijo en el salón de clases, muchos se soltaron riendo y el maestro aclaró, “no sean babosos, no es por lo que ustedes piensan, es una expresión que se usa para piropear la gran caballerosidad de un hombre de esa talla”, nos dijo y se me quedó muy presente esa expresión, la cual muy difícilmente utilizo, sobre todo porque no soy muy dado a juntarme con caballeros, por lo regular me junto con una bola de barbajanes y cabrones a los que no es valido piropear, ni les encuentra uno muchas virtudes que digamos.

Pues bien, ese caballero llamado Carlos Carrera, es una dama, dicho lo anterior con la intención que decía mi maestro. Y si usted tiene oportunidad no se pierda la exposición montada en el Museo Semilla, llamada “Las Niñas del Desierto”, ahí encontrará 20 cuadros de igual número de niñas de estas tierras que lo dejan a uno embelesado por su belleza, por la profundidad de las expresiones y por la maestría de Carlos al momento de usar el pincel y las acuarelas sobre el papel de algodón.

Mi maestro Toño tenía razón, no tengo que explicarle a nadie lo bellos de esos cuadros, es más, tenga usted cuidado y no vaya en un momento muy sentimental o con los sentimientos a flor de piel, pues esos cuadros lo pueden llevar a un viaje de emociones encontradas y las lagrimas lo pueden traicionar, pues aunque usted no sepa quienes son esas niñas, la composición de cada cuadro tiene una magia especial y hacen que el que las ve haga viajes en el tiempo y busque en su pasado imágenes similares, de una hermana, de una prima, de las fotos viejas de mamá, de las abuelas, las tías, pues Carlos además de retratar la belleza de las niñas que sirvieron de modelo, capturó la esencia de los sentimientos del desierto, deje usted los colores, que son magníficos, las miradas, la textura, los recuerdos y la imaginación ahí están y brotan sin que nadie explique nada, sin que uno no sepa ni madres de arte.

Saludos amigo Carlos Carrera Robles, eres grande, no tengo la menor duda, ¡que magníficos cuadros!