Sombra de Letras. Rafael Navarro Barrón

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Mentiras verdaderas

Me emocionó el discurso de López Obrador. Quise correr a sus brazos y ofrecerle instintivamente mi voto el próximo 1 de julio, pero me acordé que a mi edad la ingenuidad no solo está prohibida, sino que sería un exceso imperdonable.

Recordé que hace seis años, otro candidato a la presidencia de la república, Enrique Peña Nieto, nos entusiasmó con sus promesas para la frontera. Firmó con su puño y letra algo que nunca cumplió y que, tristemente, sabía que no lo iba a cumplir porque su capacidad para mentir es ejemplar.

Vino también a mi mente la campaña política del actual gobernador del Estado, Javier Corral. Fiel a la costumbre de los candidatos hizo lo mismo: mintió sobre sus promesas de campaña.

Su obsesión por meter a César Duarte a la cárcel, obnubiló todo lo demás, hasta convertirse en un obsesivo en su llamada ‘Justicia para Chihuahua’ y un mentiroso profesional.

Soy cuidadoso de escuchar y, si es posible leer, cualquier copla de los discursos políticos. Descubro en esa retórica barata la verdadera intención de los que intentan ser nuestros gobernantes. Y pienso que vender ilusiones es casi igual que mentir. Se puede constituir como un engaño social.

Tan grave es lo que hacen, que un notario público de Ciudad Juárez, notarió la promesa de Peña Nieto la cual duerme el sueño de los justos, en un cajón olvidado, porque todo fue parte de un ardid, de una mentira bien orquestada.

Lo que más me sorprende de la visita de opositores al régimen de Peña Nieto es la forma en que los medios de comunicación intentan ocultar las notas periodísticas. En un mundo globalizado, donde las redes sociales tienen cientos de miles interacciones y donde existen medios digitales que tienen mayor número de visitas que las que registran periódicos, televisoras y canales de radio, de los llamados formales; es absurdo creer que si minimizan la nota de López Obrador nadie se dará cuenta de que vino y le mentó la madre al sistema, al que sirven puntualmente los medios.

Los electores que se interesaron, siguieron en vivo el acto del tabasqueño en Ciudad Juárez donde López Obrador decidió iniciar formalmente su campaña política.

Después del medio día, las redes sociales daban cuenta del discurso completo de AMLO sin necesidad de leer las notas recortadas y manipuladas de los medios tradicionales que ya dejaron de ser un referente en la información y, por consiguiente, se utilizan poco para tomar decisiones.

Muchas cosas negativas se le pueden adjudicar a Andrés Manuel López Obrador. Y es verdad que se puede constituir en un ‘verdadero peligro’, sobre todo para una camarilla corrupta de mexicanos que con el triunfo del tabasqueño corren el riesgo de ser afectados si se le ocurre aplicar la ley sobre sus bienes ilegales e inmorales que crecieron bajo la sombra de los gobiernos que los han arropado. Ese sería un acto de justicia que todos exigimos.

Su alto porcentaje en las encuestas no es fortuito y, le pido a Dios, que no vaya a fallarle a los mexicanos- como lo ha prometido-, en caso de llegar a ser presidente de la república, porque sería un golpe muy duro para los connacionales de México y el extranjero.

Ese maltrecho político, sabe vender muy bien la esperanza a través de discursos desgarabatados que hablan de un confuso proyecto político donde todo se regala, todo se ofrece gratis y fácilmente.

Unas horas antes de que Andrés Manuel López Obrador pisara Ciudad Juárez para iniciar formalmente su campaña política, visité las ciudades de Chihuahua y Cuauhtémoc y me empantané en un recorrido que no me agrada mucho pero que realizo en esas dos cabeceras municipales como un ejercicio que me ayuda a medir la devastada estructura social.

Indígenas tarahumaras de todas las edades inundan el centro de la capital del Estado. Piden el kórima para sobreponerse de la terrible hambruna que azota la sierra de Chihuahua.

La ayuda humanitaria oficial y las brigadas de salud, tanto de los gobiernos como privadas, han dejado de llegar, al igual que las toneladas de despensas federales y estatales. Todos tienen miedo al narco; es mejor dejar morir a nuestros indios que valen menos que una moneda de 10 centavos.

En las calles del centro de la capital, los auténticos dueños de la sierra tarahumara se disputan la caridad pública con ancianos que son clientes habituales de la vía pública y, allí mismo, comen lo que reciben de los capitalinos que visitan los restaurantes de comida rápida.

Y no hay que ser un analista de cuello blanco para poder entender lo que el gobierno federal y el gobierno estatal, cada uno con su representación partidista, no pueden ver porque son miopes a conveniencia.

López Obrador no ha fabricado una carrera política, sino que es un experto en la venta de ilusiones. Sabe decir lo que el electorado quiere escuchar y lo hace muy bien, por eso su popularidad sube y sube.

Su discurso hace renacer la esperanza de los ‘ninis’ que recibirán becas y serán capacitados para servir a los ricos que tanto critica López Obrador. Pomposamente el tabasqueño señaló que esos jóvenes serán empleados como ‘aprendices’ y, bajo la misericordia de la federación recibirán un pago mensual.

Y ya soñamos con un IVA fronterizo del 8 por ciento lo que reduciría automáticamente los precios de los productos y servicios; ya nos vemos en una frontera sin Aduana y sin corruptos empleados aduanales. Cruzar de El Paso, Texas a Juárez todo lo que se nos ocurra, hasta la comida para el perro, sin que nos decomisen una sola croqueta del paquete, es ya una ilusión, porque firulais se merece eso y más.

La frontera invisible permitirá que vayamos a Estados Unidos y regresemos con todo lo que se nos ocurra. Si gana Obrador ya no nos debemos de preocupar por el peso de las leyes aduanales que nos estresan y nos abruman porque sabemos que fueron hechas para asustarnos y poder con esa lápida sobre nuestros hombros, llegar a acuerdos con los agentes del Sat que resguardan la frontera.

López Obrador habló de la reducción del Impuesto Sobre la Renta, de becas para estudiantes de preparatoria y profesional, sobre todo aquellos que sean los dignos representantes de la pobreza extrema.

Los fronterizos ganarán dos salarios mínimos como base y de allí se generarán verdaderos salarios que surgirán de patrones emocionados con las nuevas tesis nacionales.

Y aunque en este proceso electoral, Morena y López Obrador están asociados con dos partidos de una ética dudosa, los ciudadanos coinciden con su tesis económica y social; el hartazgo es la fuerza del voto, no las estridencias ni las baladrarías del tabasqueño que ya está viejo, enfermo y cansado de luchar contra los que él llama ‘la mafia del poder’ en México.

Y luego el entusiasmo resurge al considerar como una prioridad la creación de un nuevo Plan de Desarrollo Urbano, especial para las fronteras mexicanas y lograr que esta ciudad descuidada, sucia, sin luz, llena de violencia se convierta en una verdadera metrópoli.

En lo político, López Obrador se siente amado. Como una auténtica vendetta, cientos de actores políticos se han subido al barco morenista. Allí viajan ex priístas, ex panistas y ex independientes, además de ex perredistas y decenas de ‘ex’ que viven, a su manera y a su condición, su propio hartazgo y lo van a expresar en las urnas, defendiendo al partido de AMLO y ahora de Javier González Mocken.

Su conocimiento del pasado, que transcurrió entre triquiñuelas y fraudes electorales, ahora será el contraespionaje para frenar a los otros partidos y fórmulas que competirán contra Morena.

El fin de semana recorrí la ruta libre de cuota, pero llena de obstáculos, que conduce de Cuauhtémoc a Ciudad Juárez. El más difícil de todos esos obstáculos es el creciente narcotráfico que trabaja en la región y que está metida hasta las narices en las policías serranas; se han adueñado de caminos rurales, de presas, de espacios boscosos, de casas y ranchos de ‘seguridad’ y que todo mundo sabe que existen en esas regiones.

La recomendación de los cuauhtemenses para los que viajamos por la ruta Álvaro Obregón, San Lorenzo, Ricardo Flores Magón, ejido Benito Juárez, Villa Ahumada y Ciudad Juárez, es siempre es la misma: no viajar muy temprano y no viajar muy de noche. El peligro está latente por la infinidad de narcos que pelean esa parte de la región agrícola del Estado.

En realidad son una caterva de imbéciles que dan pena ajena, personajes que no encuadran en las potentes y vistosas camionetas que manejan; esos son el terror de Javier Corral y los presidentes municipales, porque son criminales alevosos, traicioneros y con una pizca de cerebro. Los ‘ajenos’ a esa estúpida guerra de carteles viajamos bajo una alerta máxima. Todos somos sospechosos; todos dudamos de todos…las patrullas municipales no inspiran la menor confianza, los observamos como ‘halcones’ al servicio de los narcotraficantes. Las historias abundan. Los narcos detectan los vehículos sospechosos y luego envían a sus ‘gatos’ que ni a halcones llegan, o sea a los agentes municipales, para que indaguen a los sospechosos y sus patrones puedan estar en paz.

En una pizzería perdida en el Campo Menonita 101 en el municipio de Cuauhtémoc, de la cadena restaurantera Los Arcos, encontré al secretario general de gobierno, César Jáuregui Robles, el número dos de la estructura estatal que encabeza Javier Corral.

Jáuregui salió del restaurante a recoger unos lentes para leer que utilizó minutos más tarde para checar las redes sociales desde su teléfono móvil. No traía seguridad personal ni camioneta blindada. A manera de broma dice que quien la cuida es su esposa.

Al verlo de lejos descubrí que era mi antiguo compañero de escuela. Estaba frente a una camioneta ‘Patriot’ color blanca. “¡Rafael Navarro ¿qué andas haciendo por acá?!”, señaló con cierta estridencia, frente a una ancianita que vendía algodones de azúcar y abría y cerraba la puerta de la pizzería a los comensales.

Me salvé de que el político panista me dijera “excelentísimo”, como a Constancio Miranda en una reunión celebrada en Chihuahua.

Y sí, aquel hombre robusto era el Jáuregui que conozco desde que fuimos compañeros de escuela en la década de los setentas.

Sin el formal traje o las guayaberas que acostumbra vestir, César llevaba puesta una camiseta gris, informal; un pantalón de mezclilla, también informal; unos zapatos tipo mocasín, informales también. La barba crecida de varios días, delataba el ambiente relajado de ex senador de la república…viajaba con su familia, venía de Bachíniva, según su propia afirmación.

Descubrí que aquel hombre entrado en los 56 años, el Jáuregui que conocí en la secundaria y quien no me perdona que en alguna ocasión le dije que se “peinaba igual que Benito Juárez”, sigue siendo aquel joven alegre y soñador, inteligente y de sobrada capacidad retórica…

Y cada vez me pregunto, ¿por qué gente como César Jáuregui no es elegida por su partido y por el pueblo para dirigir las estructuras de poder político, como el estatal, que ha pasado por caciques, golpeadores de mujeres, ladrones, narcogobernantes, políticos con serios problemas de ‘origen’ (como describió alguna vez Carlos Salinas a Ernesto Zedillo)?

Y recuerdo que detrás de esa figura hogareña, el panista chihuahuense es también un docto en derecho, que estudió en una universidad seria, el Tec de Monterrey y que, además, tiene un doctorado… César fue un estudiante que acudía regularmente a clases. Durante su preparación académica se esforzó por alcanzar los altos propósitos con los que soñó desde que era un adolescente y jugábamos al futuro.

Sobre Jáuregui no pesa la duda de haber obtenido el título, por simpatía o porque alguien lo recomendó en una universidad en ‘línea’. Jáuregui no es ni se siente un leguleyo hechizo, porque como abogado ha tenido verdaderas batallas legales, dentro y fuera de las entidades legislativas donde ha dedicado gran parte de su carrera política, además de haber sido miembro del Consejo de la Judicatura Federal.

El secretario de Corral está muy lejos de pertenecer a esa pléyade de seudo intelectuales que el gobernador utiliza para mover la opinión pública en nuestro país. Dinero y bocones, son la clave perfecta para garantizar que un gobierno avance aunque esté fundado en estructuras más endebles que una columna hecha con papel periódico.

Amador Tostado Rodríguez, un líder campesino del Estado de Chihuahua lo dijo un día: “para gobernar se necesita una cabeza visible y una invisible. La cabeza visible lucha diariamente por hacer pendejadas y la invisible se encarga de remediar las cagadas del visible”.

La misión del invisible Jáuregui la conjuga diariamente con un singular humor, que como dijo aquel día Amador Tostado, “los inteligentes tienen la virtud de pendejear a medio mundo y hacer que todo mundo se sienta elogiado porque no alcanzan a discernir que los están pendejeando”.

Hace unos meses, coincidí con el secretario Jáuregui en la celebración del aniversario número 80 del periódico El Heraldo de la ciudad de Chihuahua.

Mientras celebrábamos el reencuentro luego de muchos años de no vernos, intercambiamos saludos con el arzobispo de la diócesis de Chihuahua y con el magnate del cemento, Federico Terrazas.

Fiel a su inteligencia, el invisible Jáuregui mostró un cálido recibimiento al prelado chihuahuense, Constancio Miranda Weckmann que parecía que caminaba entre algodones celestiales.

“Oh, excelentísimo, qué gusto saludarlo”, espetó el secretario general de gobierno a un obispo acostumbrado al poder y al elogio.

“Qué honor, excelentísimo”, continuó un Jáuregui que sabe disfrutar de esos momentos sin conmoverse ni arredrarse por el poder y los millones de pesos que mueve la llamada ‘mafia del poder’ a quien López Obrador, desde Juárez, les advirtió que los retiraría del poder político por el daño que le han hecho al país.

El excelentísimo no cabía en el salón del exclusivo hotel Soberano y hasta le empezó a estorbar el alzacuello y el enorme crucifijo pastoral que le llegaba hasta el abdomen. Y allí estaba yo, a un lado del clérigo que casó a la Gaviota con Enrique Peña Nieto y al lado del magnate del cemento, el descendiente del más grande terrateniente que ha tenido el Estado de Chihuahua.

Así es la política y si queremos disfrutarla nos tenemos que acostumbrar a todo, menos a vivir un día sin las promesas de AMLO.

Rafael Navarro zagaleton.navarro@gmail.com